Cumplir años es una oportunidad de renovarse

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Cumplir años nos hace, instantáneamente, evaluar lo vivido. Y con mucho más énfasis si llegamos a los 50, 60 ó 70… Cuando se cambia de década nos replanteamos lo hecho y lo que todavía nos falta por cumplir. Una fecha simbólica para reflexionar y evolucionar.
La cercanía de algún aniversario suele constituirse en una contundente señal para caer en la cuenta y empezar a analizar y renovar nuestras vidas. Pero no solo en nuestros cumpleaños o aniversarios empezamos a cuestionarnos algunas cosas, sino también en los ajenos. Allí envidiamos o admiramos lo que los demás consiguieron y acumulamos
aún más material para juzgar en qué posición nos encontramos.
Esta es una fuente interminable de información que según cómo nos encuentre, biológica y espiritualmente, puede transformarse en aceptación o sufrimiento.
Si pudiéramos distinguir que no estamos obligados a realizar una autoevaluación, podríamos ver también que está en nuestras manos cómo realizarla. Apoyándonos en lo que hemos aprendido y aceptado debemos revisar el grado de satisfacción o angustia que nos proporciona este análisis, que estará ligado también a nuestras creencias y compromisos.
De la relación y el vínculo que tengamos con nosotros mismos, saldrá la forma en la que recorreremos esta etapa, que suele resultar diferente para todos los seres humanos.
Cuando nos ponemos a pensar que ya vivimos más años de los que nos quedan, las expectativas suelen colaborar con nuestros estados de ánimo. La evaluación que hayamos realizado en el pasado de lo que deberíamos haber obtenido (autos, casa, pareja, poder, etc…), aparecerá a la hora de calcular lo que hemos logrado hasta el momento.
Debemos evaluar que existen condiciones fijas del grado de aceptación (como ser la influencia de nuestros padres) o de felicidad que determinan cómo estamos viviendo.
Y, a su vez, hay factores externos, como por ejemplo la suerte, que pueden afectar nuestras vidas.
Sin embargo, a la hora de proponernos cómo seguir, nuestra aliada más importante es la voluntad. A partir de ella podemos fijar nuevos rumbos y definir cuáles compromisos dejaremos atrás y cuáles nos acompañarán en el camino que “nos queda”.

MÁS VIDA
El sentirnos más cerca del final de algo suele predisponernos a revisar lo que ya hemos hecho y logrado. Y, por supuesto, también invita a reflexionar lo que queda por hacer y concretar. Este es el famoso “pescado sin vender”,
que empieza a inquietarnos.
Desde el punto de vista biológico empezarán a jugar nuestras creencias sobre el tema, ya que todo parece indicar
que estamos lo suficientemente maduros para partir. Puede ser por enfermedades, accidentes, inseguridad, etc…, pero la realidad es que los seres humanos estamos expuestos a la muerte.
Por otro lado, a medida que pasa el tiempo y las décadas, parece ser que la ciencia y la tecnología se encargan de alargar los promedios de la existencia. De hecho, hace muchos años se decía que promediábamos la mitad de la vida en los 33 años y a esa edad “ya éramos viejos”. Pero hoy, esa edad nos parece poco.
Todo indica que no solo tenemos la posibilidad de poder vivir más años, sino que también necesitamos pasarla bien
con una determinada calidad de vida. Esto nos involucra directamente, ya que esta parte dependerá de nosotros.
En la medida que nos comprometamos con nuestra calidad de vida, podremos alcanzar nuestros anhelos de pasarla lo mejor posible, dejando de lado todo lo que se interponga con este compromiso.
Según cómo juzguemos esta condición ante la vida, cerrará o abrirá las posibilidades de empezar a hacer las cosas que queremos realizar y abandonar abrupta o paulatinamente el deber hacer.
Desde este punto de vista, tenemos una oportunidad de tomar nuestras futuras decisiones desde el querer, o dicho de otra forma, desde el deseo.

EL VASO LLENO
Nuestra mirada suele ir de la mano de las expectativas que veníamos trayendo. Para tener una mirada positiva, tendremos que estar comprometidos con ver el vaso medio lleno. Entonces es preciso que reconozcamos como una oportunidad alcanzar lo que creemos que nos faltan y no como una amenaza que, por cierto, podrán existir e
interponerse en el camino.
Si sentimos que lo que nos falta es una amenaza, tendremos dos problemas. El primero será efectivamente la carencia de lo que no tenemos; y el segundo, el juicio de ver cómo amenaza lo que nos falta, ya sea por cómo queremos que nos vean, o sencillamente, cómo nos vemos a nosotros mismos y lo que esto impacta en nuestra autoestima.
Lo que nos falta es sencillamente una señal. Esta debe ser tratada funcionalmente para poder sentirnos libres de observarla como oportunidad.
Es por eso que muchas veces nos angustian o nos amarga el hecho de no tener lo que habíamos calculado a esta altura de nuestras vidas, o por el contrario, nos encontramos teniendo cosas que nunca hubiéramos querido poseer.
Es allí donde, por medio de nuestra voluntad, podemos aceptar y empezar a reconocernos en la oportunidad de alcanzar lo que deseamos. Nuestra voluntad alentará el compromiso y la decisión necesaria, a través del valor que le veamos a lo que estamos persiguiendo.

ASUMIR Y EVOLUCIONAR ES EL DESAFÍO
El impacto de realizar una evaluación estando en la creencia de que nos encontramos más cerca del final de nuestras vidas puede provocarnos infinidad de cosas. Entre las más destacadas están por un lado las angustias (que generan los logros que no se obtuvieron) y por el otro los entusiasmos (que forjan las oportunidades que aparecen de ir por lo que sentimos que nos falta). Siempre es importante que podamos distinguir nuestros recursos. Es allí donde, si concentramos nuestros esfuerzos, podemos valorar las energías que disponemos, emprender los procesos que consideremos necesarios y disfrutar del camino.