Adolescentes, muy vulnerables ante el suicidio

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El suicidio es la primera causa de muerte externa, es decir, no causada por una enfermedad, muy por encima de los asesinatos, incluidos los debidos a violencia machista. Se encuentra entre las primeras diez causas de muerte en adolescentes y adultos jóvenes en todo el mundo. En algunos países, como por ejemplo España, es la segunda causa de muerte en menores de 18 años, después de los accidentes de tráfico.

Una de las reacciones habituales ante la presencia de ideas de suicidio entre las personas cercanas a los adolescentes es de rechazo, miedo y/o huida. Desafortunadamente, muchas personas siguen pensando que preguntar por el suicidio induce a hacerlo. “Hablar sobre el suicidio no aumenta el riesgo, sino que lo reduce”, explica la Dra. Azucena Díez, psiquiatra de la Clínica Universidad de Navarra y presidenta de la Sociedad de Psiquiatría Infantil de la Asociación Española de Pediatría (AEP).

“Las personas que tienen un riesgo mayor de cometerlo son aquellas que padecen enfermedades mentales, principalmente depresión, aunque también otras, como trastornos de la conducta alimentaria, psicosis, etc.”, añade. El consumo de alcohol y otras sustancias también aumenta el riesgo porque favorece el paso al acto. El hecho de estar involucrado en situaciones de violencia (ya sea acoso escolar/bullying, pareja o familiares) se ha descrito también como un factor de riesgo, así como las sensaciones de pérdida (duelos, rupturas de pareja, divorcio de los padres) y diversos entornos culturales y sociales.

Sin embargo, la especialista de la Clínica Universidad de Navarra asegura que es necesario diferenciar entre una autolesión y un gesto suicida. “Cuando un adolescente se autolesiona lo habitual es que su entorno se alarme porque lo identifican con un deseo de muerte. Sin embargo, si se les da la oportunidad, ellos mismos suelen explicar las diferencias, ya que no implica una idea de suicidio”, añade.

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Las autolesiones responden a estados emocionales de ira, desesperación o angustia, y los gestos suicidas se relacionan con ideas crónicas de desesperanza. Los métodos empleados son menos graves y generalmente no son peligrosos para la vida. Los más característicos son los cortes superficiales (horizontales en el antebrazo), morderse, quemarse, o ingerir fármacos u otras sustancias peligrosas en dosis insuficientes para causar la muerte. Los jóvenes suelen ser conscientes de que su comportamiento puede causar lesiones graves pero que no suponen una amenaza para la vida.

De hecho, suelen ser comportamientos muy repetitivos, incluso se les cataloga como adictivos. Su intención no es “llamar la atención”, sino pedir ayuda, porque la necesitan. En muchos casos buscan aliviar su malestar, por ejemplo, los adolescentes con trastornos de la conducta alimentaria las realizan para aliviar su culpabilidad por haber comido, vomitado o estar causando daño a sus padres. Otras personas, en especial las que han sufrido traumas, manifiestan sentimientos de vacío existencial y desean “sentirse vivos, desentumecerse”.

Algunos adolescentes que se autolesionan pueden buscar la deseabilidad social, es decir, “que se hable de ellos, aunque sea mal”. También pueden querer escapar de situaciones dolorosas, como intentar que sus padres estén juntos tras una separación o relación conflictiva.

¿Cuáles son los principales signos de alarma para saber si una persona tiene intenciones suicidas? Que comunique de forma repetida estas ideas, ya sea de forma directa o indirecta, que planifique el método y lugar, que niegue estas ideas o su plan ante una sospecha, que lo haya intentado previamente, más si ha sido de forma violenta, o que la intervención por parte de su entorno sea improbable.

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Desde la perspectiva de los familiares o amigos, cuando exista una sospecha de que un adolescente pueda estar pensando en el suicidio, aunque incluso parezca remota, se debe tratar de dialogar con él, sin discutir ni criticarle, transmitiendo una sensación de ayuda incondicional para intentar averiguar “sus” motivos.

Es importante contar con la opinión y colaboración de los profesionales del ámbito educativo, como el tutor u orientador escolar y, según la gravedad de lo relatado, acudir a un profesional de la salud, inicialmente su pediatra o médico de atención primaria, o a un psiquiatra/psicólogo con formación y experiencia con adolescentes.

Así, la misión de las familias y de los profesionales de la salud es que sustituyan esos comportamientos por otros más adaptativos. “La presencia de éxito académico, planes de futuro, espiritualidad, apoyo, comunicación familiar y la sensación de pertenencia a un grupo son los principales factores protectores”, concluye la doctora de la Unidad de Psiquiatría Infantil y Adolescente.