Dejaron el primer mundo y viven en un asentamiento en el sur entrerriano

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Cuando se habla de villas, asentamientos, se menciona la posibilidad de que en la misma habiten ciudadanos extranjeros. Es así que en Buenos Aires es común ver a paraguayos, uruguayos, bolivianos y peruanos conviviendo con argentinos en diferentes villas.

No resultaría extraño que en la ciudad de Gualeguaychú, algún ciudadano limítrofe, por diferentes razones, viva en un asentamiento. Ahora que dos mujeres nacidas en Francia, país del primer mundo, luego de vivir un tiempo en España y en Buenos Aires, hayan terminado en un asentamiento, constituye toda una rareza.

La referencia es para Suzan Padilla e Ingrid Lucienne, madre e hija, que comparten sus días, junto a la pareja de Suzan y los hijos de Ingrid en un casilla amplia, en relación al resto de las que se encuentran en el asentamiento de Calle de Tropas”.

Suzan nació en Francia, donde residió buena parte de su vida. Luego se fue a trabajar a España. Allí, por internet, conoció a quien hoy es su esposo y viajó a Argentina con su hija adolescente.

La mujer de 54 años lleva años viviendo en el país. Dos en Buenos Aires y el resto en la ciudad. Radicada en Gualeguaychú con su marido, los primeros tiempos “alquilamos, pero mi esposo se quedó sin trabajo. Comenzó a hacer lo que saliera, changas en definitivas, que a duras penas nos alcanzaba para comer, pero no para pagar un alquiler”. Es así que, como tantos otros, cargó sus pocas pertenencias y se fue junto a su marido, hija y 2 nietos de 8 y 5 años al asentamiento de Tropas.

Dijo que no le “quedó otra que vivir en situaciones que no son las ideales”. Indicó que en los días de “mucho frío mi hija y sus 2 pequeños, duermen todos juntos en una misma cama tapados hasta la cabeza y hay noches en que les digo que duerman con el gorro”.

Comentó que cuentan con estufas eléctricas, pero por razones de seguridad a la hora de ir a dormir “apagamos todo, dado que vivimos en un rancho construido por material que sería devorado, en caso de incendio, en cuestión de segundos por las llamas”.

Señaló que la meta, en un futuro, es no “seguir viviendo en este lugar o bien hacer una casa humilde de material”.

En cuanto a la comida, su esposo consiguió trabajo y con lo que “percibe podemos hacer frente al sustento de cada día, pero no nos sobra nada”, detalló.

Pese a la situación se muestra “optimista”, y descartó, por el momento, volver a su país natal, ya que “aquí tengo todo lo que quiero y estoy segura de que vamos a salir adelante”.

Ingrid es una joven de 25 años nació en Francia, pero se siente una “argentina más”, aunque resulta muy “difícil vivir en estas condiciones”, destacó y agregó que “mis nenes nacieron acá, son argentinos y sueño con darles una vida mejor con una casa de material con una habitación para ellos solos, que tengan su mesa para estudiar”.

Cursó sus estudios secundarios en el nocturno del Colegio Nacional donde obtuvo los mejores promedios. Posteriormente estudió y se “recibió de operadora en comercio exterior y en asistente de despachante de aduana”, y ahora se prepara para “agente de transporte aduanero”.

Ingrid contó que el examen tiene un “costo elevadísimo para la economía familiar”, pero que “tarde o temprano me presentaré a rendir”.

Madre soltera, tiene dos pequeños, Ángel y Uriel, quienes quieren jugar y “disfrutar la infancia como cualquier nene de su edad, pero el espacio es muy limitado y si bien el piso es de material, casi siempre hay humedad, por lo que se limitan a jugar en la cama, o afuera cuando los días lo permiten”.

Dijo que sus chicos concurren a la Escuela Nº 88 “Los Antepasados”, aunque los días de lluvia no van porque la “calle se transforma en un arroyo”.

La humedad, el vivir un lugar donde el viento entra por las hendijas, suele acarrear problemas de salud. Al respecto, Ingrid contó que el menor de sus hijos no fue al jardín por espacio de 45 días, debido a problemas respiratorios, algo que es denominador común en “muchos de los chicos que viven acá”.

No pierde las esperanzas, y lucha por conseguir un trabajo para lo que estudió que es la rama de “Comercio Exterior”.

Contó que cuando estudiaba lo hacía en los “lugares que podía encontrar en ese momento”. En cuanto al trato con los compañeros de estudio, dijo que sufrió episodios de discriminación por “vivir en un asentamiento”. Estudió en el Instituto de Capacitación Aduanera Soliz en el Magnasco, donde las autoridades “me trataron muy bien y me becaron en segundo año para que pueda seguir estudiando”.

Dijo que la discriminación la llevó a pensar en “dejar todo, pero mi mamá y mi papá no me lo permitieron”, concluyó.

(Fuente: El Día)