Mindfulness frente a la inestabilidad

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Mis gastos son una locura, no sé si llego a fin de mes. Mis pensamientos van y vienen con mucho ruido. Tengo la mandíbula apretada, mi cuerpo también está agitado y el corazón salta. Me doy cuenta de que estoy tomada por el miedo. Todo en mi busca encontrar seguridad.
Esto es lo que percibo cuando me observo. Un instante antes, no era consciente de estas sensaciones, solo estaba tomada por los pensamientos revolucionados acerca de esto que le está pasando a todos los argentinos. Rumores, intercambios alarmistas. ¿Qué hacer, qué no hacer? Pura mente buscando lo que me conviene, sin registro de lo que me está pasando.
Vuelvo a observarme. Tengo un hambre voraz, ¡necesito comer algo! ¿Es esto verdad? Acabo de desayunar, ¿no será otra de las tantas respuestas que mi organismo experimenta frente al estrés?, ¿será que me invita a buscar acumular reservas en esta situación de crisis? Voy a comprar víveres porque puede haber desabastecimiento. Mis pensamientos me hablan de supervivencia.

Parar la máquina para lograr una mejor perspectiva
Habiéndome dado cuenta de mi tensión, respiro profundo y llevo la atención al movimiento de mi cuerpo al respirar, exhalo soltando el peso. Siento que me voy calmando. Busco un lugar interior sereno que me lleve a otro nivel de mente.
De esto trata el mindfulness, una práctica que orienta la atención intencionalmente a todos los planos del desarrollo de la experiencia, con mirada al detalle, que lo coloca en el presente vívido, que le muestra lo que le sucede, sin interpretaciones ni juicios, con el corazón abierto, compasivo y amable.
Le permite ver como se relaciona el pensamiento con la sensación y la emoción. No se identifica. Le da una perspectiva mayor, ya que incluye todo lo que ocurre, como se siente y la percepción del entorno.

La indiferencia y fragmentación acotan la mirada
El problema radica en que, a lo largo del recorrido como humanidad, tanto a nivel individual, en los momentos traumáticos de la primera infancia, como a nivel colectivo a través de los momentos de horror (guerras, masacres, desastres climáticos, el holocausto etc.) aprendimos a disociarnos, desconectarnos de lo que sucede, de lo que sentimos y del otro. Sostenemos una forma de indiferencia. Estamos fragmentados.
Esta estrategia, por más que creamos que nos evita el dolor, nos deja en la mente, desconectados, contándonos cuentos, ajenos al mundo interior y del otro. No tenemos registro de lo que realmente necesitamos, de lo que nos sucede adentro. No existimos para nosotros. Hasta inhibimos aspectos de nosotros mismos que terminan explotando con violencia en la siguiente oportunidad. Esta fragmentación no solo no permite la libre expresión del potencial, sino que nos pone reactivos y achica nuestra entrega al vínculo.
Actuamos entonces según nuestro condicionamiento. Surge en forma automática el reflejo que históricamente nos permitió sobrevivir (atacar, huir o inmovilizarnos). Usamos el pasado como maestro, lo que indefectiblemente nos lleva a repetirlo. Y así es como terminamos en una vida monótona, sintiendo limitación y extrañando la plenitud.
Volviendo a la situación argentina, nos cuesta confiar. Seguimos perpetuando un mismo patrón: responder al miedo con la contracción, reaccionando con el sálvese quien pueda, olvidándonos de las consecuencias que esto tiene a nivel global.
La opción que ofrece la conciencia de la atención plena, en cambio, al contar con más datos, es que podemos disponernos receptivamente a abrazar el futuro y así encontrar una salida nueva y única a cada momento. Si nos damos cuenta de que el cuerpo responde a una emergencia que solo existe en la mente, podemos mirar el contexto y encontrar una actitud más acorde a esa situación.